22 may. 2015

Arte del fracaso


Por Ruiz_senior

Pensando en lo que los hispanoamericanos entienden por "moral" se me han ocurrido dos definiciones un poco maliciosas. Una: "lo que les falta a los demás", la otra es "antagonista del placer" (como la canción de Joaquín Sabina: "Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda").

Esa noción que espontáneamente expresa cualquiera dice mucho de la mentalidad de la región y de las causas de sus dificultades y limitaciones. Alrededor de lo que se considera "moral" se encuentran las claves del destino hispano.

Me ha llamado mucho la atención que todo el mundo les reprocha a los medios de comunicación su interés por la audiencia y por los resultados económicos que ésta genera. "Sólo les interesa vender más periódicos", es la frase típica.

Lo primero es la deducción de que publicando mentiras venden más periódicos. La suposición de que el mundo (por definición) está en  manos de gente perversa con intereses mezquinos. ¿Cómo es que la gente quiere que le cuenten mentiras? Bueno, el "crítico" resulta más inteligente que los demás, por lo que no se deja engañar. Es decir, su queja es un halago a sí mismo.

Por cada persona que cree lo que dice la prensa hay mil avispados que "saben" que son mentiras para vender más periódicos, pero ninguno de ellos se imagina que son mayoría (ya es norma que si uno se pone a hablar con desconocidos siempre va a aparecer alguno que habla del automóvil que no necesita gasolina y que las petroleras no dejan fabricar).


Termina habiendo sólo dos posibilidades: o el periodista gana dinero o dice la verdad. No es concebible que alguien pretenda hacer ambas cosas. El que va a decir la verdad debe renunciar a las cosas de este mundo; claro que ninguno de los que "razonan" así renuncia a nada, pero es porque ellos no son periodistas ni políticos (éstos sólo buscan votos).

El resultado de que las sociedades hispanas sean así es que una empresa periodística que pretendiera lo que las empresas periodísticas en el resto del mundo (prosperar gracias al prestigio adquirido diciendo la verdad) siempre fracasará, dado que la prueba de su disposición a decir la verdad es el fracaso económico. Eso sin duda tiene relación con que en comparación con otras regiones del planeta los medios hispanos sean los más mentirosos. En Colombia hoy en día, pura propaganda del sátrapa y de sus mejores amigos venezolanos. No es concebible que un negocio rentable ande diciendo la verdad.

Y lo mismo ocurre con los políticos, que no pueden pretender administrar bien el Estado ni representar honradamente los intereses de sus votantes. ¡Sólo lo harían aquellos que renunciaran a todo por sus ideales! Si el Che Guevara hubiera conseguido "crear dos, tres, muchos Vietnam" en Sudamérica, la inmensa mayoría de la gente lo lamentaría, pero como fracasó y murió quedó claro que no obraba por codicia sino por sus ideales y por eso resulta admirable. En realidad no fracasó: como decía Chávez, "las FARC y el ELN no son ningunos cuerpos terroristas, son verdaderos ejércitos" que aplican los ideales del Che Guevara.

El gran problema de los colombianos es que no pueden conciliar el aprecio que tienen por los ideales con el éxito de esos ideales. No odian a las FARC y el ELN porque encarnen los ideales del Che Guevara, sino porque creen que carecen de ideales y cayeron en la codicia de la cocaína. Los soldados que mataban antes estaban más justificados porque su asesinato obedecía a ideales.

En general, para la mentalidad hispánica dominante el éxito es algo que se puede esgrimir como acusación contra alguien: si fuera una persona con "moral" fracasaría y sería solidaria con los demás agraviados. Eso se detecta en cualquier campo: nadie puede librarse de elegir entre la moral y el éxito.

Prestando un poco de atención, hay tras la envidia un rencor que corresponde a sueños contrariados: en el caso del enemigo de la corrupción, la ilusión del dinero fácil con alguna jugada astuta y la rabia porque otro sí lo consigue. No hace falta que el otro se robe nada, basta con que tenga un cargo importante y a veces con que use corbata. Los miles de enemigos de Andrés Felipe Arias son un ejemplo: el ex ministro no se robó nada, todos los que lo persiguen gratuitamente sí lo habrían hecho, pero dado que no han llegado a nada en la vida, les queda una notoria ventaja moral. 

Lo mismo con el "homofóbico", casi siempre una persona muy sensual que tiembla ante la idea de la sodomía pero no se la puede quitar de la cabeza. Necesita proclamar su odio y desprecio por los homosexuales buscando en la exhibición de su moralidad una compensación por la privación a que se somete.

El examen de esas certezas comunes da para mucho. Tras la "moralidad" que condena la codicia está el esfuerzo desesperado de personas favorecidas por estructuras sociales jerárquicas ante la competencia. El comerciante próspero (o el finquero paisa, o el ganadero) es abominable porque desplaza al parásito que antes sólo necesitaba pertenecer a una casta poderosa. Dado que el segundo no trabaja ni produce nada, su compensación es su superioridad moral.

Esas opiniones y normas que definen la "moral" son construcciones que permiten a la gente adaptar sus viejas costumbres y anhelos a la siempre cambiante realidad.

Si alguien de otras épocas resucitara vería fascinado a los hispanoamericanos como unas gentes condenadas al fracaso: sus aportes a las ciencias, a la industria, a las artes y a todo lo que honra a la humanidad se aproximan a cero. pero eso no les preocupa en absoluto, toda vez que unánimemente se sienten agraviados por los que sí inventan y producen, y esa insignificancia les parece un motivo de orgullo porque certifica su superioridad moral.

Y lo gracioso es que en cierto modo esa forma de pensar hegemónica resulta muy valiosa: el que quiera hacer algo de su vida sólo tiene que aprender a mirar esa mentalidad con absoluto desprecio, aprender que cualquier complacencia con ella o con quienes la profesan es como una recaída en un vicio disolvente.

19 may. 2015

Justicia irreformable

Por Jaime Castro Ramírez

Las ideas que implican transformación de caducas estructuras organizacionales requieren decisiones importantes apoyadas con la firmeza del propósito de cambio. No de otra forma se logra reorientar procesos que requieren imprimirle una nueva dinámica en eficiencia de gestión. Para este fin, hay que acudir a una condición lógica que consiste en no involucrar en el debate por el cambio a quienes por tiempos han utilizado sistemas anacrónicos de procedimientos que les proporcionan privilegios que para ellos son irrenunciables por su apego a los intereses individuales de los cuales se usufructúan. Pero qué tal si a lo anterior se le pone el agregado oprobioso de la corrupción que suele ser el ingrediente más apetecido por los fantasmas impostores del poder que arremeten inescrupulosamente contra el patrimonio público.

Causa de la fallida reforma a la justicia en Colombia
En el primer gobierno del presidente Santos ocurrió el más estruendoso fracaso con lo que se llamó “reforma a la justicia”, y de lo cual se observa que no se aprendió la lección, pues en grande medida este fracaso tuvo su origen en haber involucrado en el debate a los magistrados de las altas Cortes, dizque para consensuar con ellos la pretendida reforma.

El grande error de cálculo consistió entonces en intentar estructurar un cambio con quienes no quieren cambiar. En ese fallido intento de reforma, al final no aparecieron los cambios que realmente requería la justicia, como por citar algunos ejemplos: acabar con el engendro del Consejo superior de la Judicatura creado por la constitución de 1991; darle fin a la puerta giratoria en las altas cortes que consiste en que ‘tú me eliges yo te elijo’; terminar también con la corrupción en las altas cortes del llamado ‘cartel de las pensiones’ donde unos magistrados titulares le dan la oportunidad a otros magistrados auxiliares para que ejerzan el cargo por dos o tres meses con el único fin de que con ese cortísimo periodo obtengan una altísima pensión de magistrado; despolitizar la justicia quitándole el poder de nominación a las Cortes, etc., pero lo que si aparecía en la mencionada reforma fueron ventajas adicionales para los magistrados, como por ejemplo la ampliación de la edad de retiro de 65 a 70 años, y otros privilegios. En consecuencia, el resultado no podía ser diferente al rotundo fracaso en que terminó.

Ahora, en el segundo gobierno de Santos, se tramita en el legislativo otra reforma constitucional denominada “equilibrio de poderes”, y ahí se habla nuevamente de reforma a la justicia, solo que será un nuevo intento fracasado porque vuelven al error anterior de buscar consenso vinculando en la discusión a los mismos actores adversos a cambiar: los magistrados de las Cortes, y en este caso del equilibrio de poderes, incluyendo en la discusión a otros altos funcionarios que no aceptan cambios que los toque a ellos. También se habla en este proyecto de un Tribunal de Aforados para reemplazar a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes y para que investigue y juzgue en casos de mala conducta de magistrados y de otros funcionarios que disponen de fuero.

De entrada este Tribunal de Aforados tiene el serio inconveniente de la politización, pues plantean que sus miembros sean elegidos por el presidente de la república y por el congreso de la república, que igual que la Comisión de Acusaciones, para nada servirá, además de que hay funcionarios como el Fiscal General de la Nación que no quiere que nadie controle sus actos. Se convertirá entonces esta reforma en la repetición de una misión imposible que seguirá causando grandes traumas a la sociedad colombiana en un poder esencial que es la administración de justicia.

Alternativas de reforma a la justicia
Para reformar efectivamente lo que es un verdadero fiasco en la administración pública (75% de desaprobación en las encuestas), que es la justicia, existen dos alternativas: La primera, que se haga vía congreso de la república, sin vulnerar derechos, pero eso sí sin contar con proposiciones provenientes de las Cortes que seguramente serán negativas al cambio; y la segunda, si el Congreso no es capaz de hacerlo, pues solo quedaría la instancia de apelar a una Constituyente para la misión específica de reformar la justicia, o sea que tendría la denominación de ‘Constituyente para reforma de la justicia’, sin facultades amplias que le permitan incursionar en la elaboración de una nueva constitución, en lo cual quedaría la duda si a una Constituyente se le puede limitar en sus facultades, pues por principio pareciera que no.

¿Será que el país está condenado a una justicia irreformable en su condición politizada, inoperante y corrupta como la actual que detestamos los colombianos, es decir, justicia solo de nombre porque no hay justicia? La patria colombiana no puede continuar en esta afrenta contra el derecho de todos los pueblos a tener una verdadera justicia.

16 may. 2015

Propaganda Estrato 6

Por @ruiz_senior

El Malpensante
Colombia no se puede resumir en una definición de epítetos negativos: país atrasado, pobre, violento, corrupto, primitivo, bárbaro, desordenado... Esos adjetivos ya son tautológicos, pero se podrían aplicar a toda Sudamérica y quedaría faltando lo específico, un tipo de corrupción especial, más brutal y profunda. La causa de eso es el aislamiento, que permitió que se congelara la sociedad del Barroco con la mentalidad del castellano viejo reforzada en sus peores inclinaciones por las condiciones de esclavitud que favorecían a los miembros de la etnia invasora.

Con respecto a las metrópolis europeas, toda la América española y portuguesa era ya en el siglo XVII periferia remota, provincia en el peor sentido. Nada ha cambiado desde entonces salvo la multiplicación extraordinaria de la población (con respecto a la época de la independencia, y sin recibir inmigración, la población de la Nueva Granada se ha multiplicado por 70, y en muy pocos países europeos se habrá multiplicado por 7).

Pero el peso de esas sociedades populosas en el conjunto de la cultura planetaria es el mismo que en el siglo XVII. Sólo en Bogotá hay más de un millón de personas con título universitario, cientos de veces los que habría en Europa en ese siglo, pero nadie recuerda ningún aporte significativo y evaluable al conocimiento. Sencillamente se produce una recreación de la humanidad como en una farsa del guiñol: hay orquestas, periódicos, parlamentos, etc. pero nunca ninguna orquesta del país ha hecho una representación reconocida ni se puede abrir un periódico sin sentir asco ante la cantidad espantosa de mentiras que publican, y la mayoría de los parlamentarios recuerdan a los miembros de la mafia siciliana (bueno, podrían ser más toscos, pero eso es irrelevante).

Se genera entonces eso tan típico de la provincia que es el esnobismo: el afán desesperado de los favorecidos por el orden social imperante de adornarse para parecer grandes señores, intelectuales, artistas y demás. Dado que el país no exporta casi nada aparte de lo que extrae del suelo y de gente que hace los peores trabajos en otros países, y que los grandes méritos de sus próceres no son reconocidos por nadie fuera del país, los señoritos recrean el mundo de modo que ellos resulten grandes príncipes, como esos mafiosos que crearon un club social gemelo de aquel en el que no los dejaron inscribirse.

La revista El Malpensante es un ejemplo extremo de ese esnobismo: es la oferta para un público de ignorantes y mediocres de textos que los hacen creer que la vida en las regiones plenamente humanizadas es como en Colombia y que ellos, esos lamentables lambones y pícaros, son como los protagonistas de una bohemia refinada o como pensadores informados que comentan la vida de las ideas. Es el proyecto de un dandi del triste trópico, ya envejecido, y dicen que es simplemente la copia de The New Yorker, con su oferta de desenfado y humor "elegante", como Soho pero un poco más pretenciosa. (Acerca de la forma de hacer esas revistas, vale la pena conocer este blog.)

Lo que expresa esa revista es el alto poder adquisitivo de la casta sacerdotal, de los cientos de miles de vividores que dan clases en universidades (en las que se gasta el dinero que se niega a tanta gente que pasa hambre, que nunca encuentra un empleo, que no tiene atención sanitaria, etc.) o ejercen de literatos, cineastas, comisarios de exposiciones, periodistas, etc. De esa condición de su público viene su orientación política. Uno de los columnistas habituales es Francisco Gutiérrez Sanín, un profesor de la Universidad Nacional que compite con otros en representar a las bandas terroristas y que sin duda ocupará un ministerio cuando la banda pueda nombrarlos directamente.

La paz
Me llamó la atención un escrito que apareció en esa revista reivindicando la paz. Después me enteré de que su autor, Hermando Gómez Buendía, es ahora columnista de El Malpensante.

Negociar en medio de la guerra 
Pensar que es posible llevar a cabo un diálogo de paz como si no existiese una guerra que lo justificara es la raíz del principal cuestionamiento a los encuentro en La Habana. ¿Tienen sentido objeciones de esta naturaleza?
Antes de que lo echaran de Semana por publicar (y cobrar) dos veces la misma columna, Gómez Buendía era uno de los proveedores oficiales de falacias soft, dirigidas a gente cuyas pretensiones sociales le impedían ponerse abiertamente de parte de los terroristas. Por entonces describía la actividad de las FARC y el ELN como "guerra contra la sociedad". Después creó un think tank que es más o menos abiertamente una agencia de propaganda de las FARC (claro que habrá quien lo dude o lo niegue, ¿cuánta gente manifiesta que el Partido Comunista y las FARC son lo mismo?). Ahora explota sus artes retóricas para vender legitimaciones de la paz en la revista de los señoritos.

La entradilla del artículo fuerza otra digresión, esta vez sobre la prosa. ¿Qué es lo que dice? La "cultura" de los colombianos consiste en ese esfuerzo por construir galimatías con los que se "descresta" a la clase de gente que lee esa revista, que se siente muy refinada consumiendo esas cosas y poniendo cara de que las entiende. Por eso prosperan escritores como William Ospina, o como Moreno Durán o Cruz Kronfly y muchísimos otros. ¿Qué es lo que dice?

Descomponiendo la frase sale lo siguiente: la raíz del principal cuestionamiento a los encuentros en La Habana es pensar que es posible llevar a cabo un diálogo de paz como si no existiese una guerra que lo justificara. O sea, se cuestionan los diálogos porque se piensa que es posible el diálogo como si no existiera una guerra. Usted piensa que es posible el diálogo como si no existiese una guerra y por eso cuestiona los diálogos. ¿No es lo que dice?

Sólo se trata de ponerle "clase" a la cosa para que el imbécil de familia rica que lee eso y que a menudo tiene algún máster en el exterior, sienta que corresponde a las cosas de su estrato. Cuanto más absurda sea la frase más dulce es la floritura para el consumidor. Lo que les parece clarísimo, porque no hay nada que sea difícil entender sino un galimatías forzado por genialidades como reemplazar "encuentros en La Habana" por "diálogos de paz", es que hay una guerra y por eso tiene que haber diálogos de paz. ¿Tiene sentido cuestionar que hay una guerra?

Luego es el mismo cuento de toda la propaganda oficial y terrorista (valga la redundancia), la idea de que hay una guerra y por eso es urgente buscar la paz. Pero ¿en dónde no hay una guerra contra el crimen? La sociedad humana se basa en la persistencia de la guerra contra el crimen, que sólo deja de presentarse cuando triunfa el crimen y convierte su dominio en "ley", que es el sentido de la "paz" de La Habana. El galimatías sólo oculta la viejísima falacia de igualar al asesino con el agente de la ley y convertir el atraco en riña, toda vez que las bandas terroristas son la universidad en armas y su sentido es defender un orden social cuyos beneficiarios son los lectores de esa revista, que necesitan adornar la iniquidad de su parasitismo monstruoso con palabrería de ese estilo. Son los criminales y las esposas y concubinas de los criminales, pero no van a llamarse así.

Luego, aparte del afán de enredar, ¿por qué no dice "hay una guerra y eso no se puede discutir y por eso hay que sentarse a negociar"? Porque el aleteo pretencioso le impide al lector pensar en si tiene sentido decir que haya una guerra (contra la sociedad) y como no se entiende la cuestión polémica se deja pasar.
El médico le informa a su paciente que necesita someterse a una dolorosa operación, y el paciente responde que lo hará con una sola condición: que esté curado antes de operarse. Así de irracional –o de infantil, o de humano, simplemente– fue el (principal) argumento que le dio a Zuluaga los casi siete millones de votos con los cuales por poco derrota a Santos.
Alguien ve el ejemplo del éxito de los comunistas rusos y se ilusiona con la nueva corriente de organización social justa que él va a dirigir (alguien que nació para dirigir, se entiende), y gracias a la cual tendrá poder sin someterse al escrutinio de los demás sino alegando razones para imponerse por la fuerza, y a partir de ahí organiza bandas que cometen todas las atrocidades imaginables. Después viene el hermano menor de un compañero que pertenece a una familia presidencial y busca el éxito de esa labor ejerciendo de médico, como el atracador del paquete chileno se presenta como policía, y ¡hay quien pretende que no se premie a los que han hecho eso! ¿Cómo puede ocurrir algo así?

Porque el cuento es el sobreentendido de que hay que negociar con unos terroristas que en 2010 sólo existían como organización armada en las selvas que hacían frontera con Venezuela y Ecuador. El cuento de Zuluaga es ciertamente falaz, y ya he explicado muchas veces en este blog la absoluta inanidad del uribismo: no se le puede pedir al atracador que tiene el cuchillo en el cuello del niño que se entregue para negociar después el rescate. Sencillamente no se debe negociar con el atracador sino inmovilizarlo cuando sea posible. El sobreentendido de Gómez Buendía es que los terroristas son distintos de un atracador y que se puede desistir de la ley. Lo que hizo perder a Zuluaga fue que tomó parte en ese engaño, dado que a los uribistas les parece en su vulgaridad infinita que el mayor peligro es que los tachen de "enemigos de la paz".
La mayoría de la gente no comprende y se indigna porque las Farc siguen secuestrando niños y matando policías mientras sus delegados hablan de paz en La Habana. Por eso Óscar Iván Zuluaga y Marta Lucía Ramírez suscribieron su famoso “Compromiso por Colombia”, donde exigían, para seguir negociando, que la guerrilla dejara de reclutar niños, de sembrar minas antipersonales, atacar la infraestructura, secuestrar, extorsionar, traficar con narcóticos y, en general, terminara con sus crímenes de guerra y sus ataques contra la población civil.
El sobreentendido de este párrafo es que los crímenes atroces son la guerra, que se debe remediar negociando para que cese. ¿En qué se diferencia esa actitud de la de quien llama por teléfono a la familia de un niño secuestrado? En el galimatías, el airecillo profesoral que produce bienestar entre el público, que además agradece la buena intención de remediar el problema como si el secuestro no se produjera para esa transacción, como si el objetivo de los crímenes de las FARC no fuera llegar a la negociación que Gómez Buendía promueve.
Pero este, exactamente, es el mal que se trata de curar, la enfermedad que necesita de aquella cirugía: el propósito de las negociaciones de La Habana es poner fin a las acciones violentas e ilegales de las Farc. Nada más. Y nada menos. El ideal por supuesto sería estar curado antes de operarse, hacer que la violencia se acabara antes de sentarse a negociar. Pero –por las razones que sean– el Estado colombiano no fue capaz de acabar con la violencia, así que no nos queda literalmente más remedio que la negociación.
El Estado colombiano sí fue capaz de reducir drásticamente la violencia, y nadie puede pretender que "acabe" con ella porque ningún Estado nunca lo ha conseguido. La suposición de que Santos buscó negociar con las FARC porque el Estado no podría derrotarlas es una mentira criminal que no resiste el menor análisis. No se trata de acabar con la violencia sino de instaurar un régimen en el que domina el clan de Santos en alianza con los terroristas. El remedio de aplicar la ley produjo resultados fascinantes durante los gobiernos de Uribe, mientras que la negociación sólo ha traído la multiplicación de los crímenes. Lo que pasa es que, insisto, la épica del bochinche, acompañada de la orgía de asesinatos de las bandas comunistas les aseguró rentas fabulosas a los que la practicaban (el gasto público se multiplicó por 19 en una década después de 1991, al tiempo que la desigualdad aumentaba diez puntos). Los hijos de los "tirapiedra" de los años setenta y ochenta son los lectores de El Malpensante, ansiosos de darse lustre cómodo y jovial y obviamente leales a la "causa" que les provee su inverosímil bienestar (un profesor universitario colombiano se gana el sueldo de unas quince personas, cosa que no pasa en ninguna otra parte, y eso por no hablar de lo que saben y enseñan esos profesores).
La falacia de Zuluaga y de Ramírez es fruto de las grandes distorsiones que a lo largo de décadas y décadas han venido machacando los dos bandos –y que refuerzan los medios de mayor circulación– acerca del origen, naturaleza, alcances y soluciones de nuestro trágico “conflicto armado”. En este caso la falacia comienza por no entender que las Farc existen porque ejercen la violencia, es decir, que si dejan de atacar pierden toda su importancia, desaparecen del panorama político: ¿o a quién le importaría un montón de campesinos uniformados pero inofensivos en las selvas y regiones más remotas de Colombia?
¿Se entiende? Las FARC existen porque ejercen la violencia, luego quienes no ejercen la violencia deben permitirles hacer lo suyo mientras se resuelve el problema como la gente civilizada, negociando.
Y esa violencia consiste sobre todo en aquellas acciones criminales o contrarias al derecho de guerra (y al derecho internacional humanitario) que enumera el “Compromiso por Colombia” –y que a todos nos llenan de fundada indignación–. Esta guerra no tiene nada de heroico por parte de los supuestos “combatientes”: entre 1958 y 2012 murieron 220.000 colombianos por causa directa del “conflicto armado”, pero 196.000 (el 89%) de ellos eran civiles; no tenemos dos ejércitos en guerra, sino una guerra cobarde contra los civiles. La mayoría de los actos de las Farc que con razón les merecen tal repudio ciudadano han sido desde siempre –y no apenas ahora– inaceptables, con diálogo o sin diálogo, con o sin exigencias del gobierno de turno. Pero esta es la terrible enfermedad que se trata de curar.
"Escuche a su niño cómo llora, no se permita esa crueldad de aferrarse a la plata cuando basta una firmita suya y vuelve la familia a estar feliz". ¿Alguien recuerda alguna vez en el mundo en que se cure el crimen premiándolo? Es obvio que cuanto más se premie más se cometerá y la causa de que los terroristas cometan sus crímenes es la promesa del premio, como explicamos en este video.



Eso por no hablar de que el resultado de la negociación es simplemente que los comunistas adquieren poder. Pero los comunistas en el poder siempre han matado a sus contradictores, y las purgas recientes de Kim Joing-un no son excentricidades de un tirano adolescente sino lo que ha ocurrido en todos los regímenes comunistas. Los crímenes de las FARC hasta ahora son muchísimos menos que los que cometerán después de alcanzar el poder, cosa de la que son responsables todos los que quieren que se los premie, incluidos obviamente los uribistas.
A la gente tampoco le explicaron que sentarse a negociar sin condiciones es el mayor acierto del proceso de La Habana y es el secreto de su muy probable éxito. Tanto así que este ha sido el primero o el único intento de negociar la paz en serio entre el gobierno y las Farc en cincuenta años: los dos intentos anteriores (el de Betancur en los ochenta y el del Caguán bajo Pastrana) fracasaron precisamente porque dependían de condiciones explícitas o implícitas (treguas, zonas desmilitarizadas, no secuestrar congresistas, no ejecutar actos terroristas a gran escala...), cuya ruptura tenía que dar al traste con la negociación.
Este párrafo sí dice la verdad: el probable éxito de las negociaciones de La Habana se basa en que se permite a las FARC multiplicar sus acciones criminales: la cocaína les da recursos para comprar generales (es impresionante el descaro con que muchos cobran el genocidio) y la tropa terrorista se multiplica y se hace presente en todas partes, al tiempo que la agitación de Robledo le genera una base social que las legitima (con ayuda de los uribistas, que no ven problema en hacerse los distraídos con las barbaridades proteccionistas en que se basa la propaganda del senador maoísta). El probable éxito del proceso de La Habana consiste simplemente en el triunfo total de los terroristas gracias a que después de reconocerlos se legalizan sus crímenes. De ahí jugadas como el intento de incluir al ELN en la negociación o la exigencia de liberación de Ricardo Palmera, gracias a las cuales la negociación se dilata. Es cuestión de tiempo que la crisis económica permita a Robledo y el Polo generar una situación revolucionaria que favorezca la entrega total del Estado.
No explicaron que ambos bandos pueden usar y usan esas condiciones para fortalecerse (rearme, inteligencia militar, propaganda política...) y que por tanto a cada uno le interesa decir que el otro bando está incumpliendo alguna condición. No explicaron que cualquier “fuerza oscura” –o cualquier “disidente”– puede poner una bomba o secuestrar a un personaje para hacer estallar el proceso. Más sencillo: no explicaron que para exigir condiciones hay que tener el modo de vigilar su cumplimiento, y esto supone un árbitro imparcial: en este caso un cuerpo de la ONU (¿de la OEA?, ¿de Unasur?), que no vendría a Colombia por múltiples razones, que tardaría años en pactarse y que además no podría vigilar un territorio tan irregular o una guerra con tantas “fuerzas oscuras”.
¿Cuáles son esos bandos? El Estado colombiano es un apéndice de las FARC y el que lo dude puede prestar atención a la actuación del fiscal, a las sentencias de las cortes, a las actuaciones del ejecutivo y el legislativo favoreciendo la producción de cocaína, a la ideología de los sindicatos de funcionarios, al gasto público en adoctrinamiento de asesinos, etc. Los bandos son los que habría en un atraco, de esos tan típicos de Colombia en que los policías son parte de la banda que lo comete.
Ni, por último, explicaron que los pactos implican compromisos de ambos lados, y que las Farc en este caso tienen, desde siempre han tenido, sus propias exigencias. Reviviendo la propuesta de Bolívar a Morillo en 1820 –pues para algo son “bolivarianas”–, ellas hablan de “regularización” (en vez de “humanización”) del conflicto, y aquí incluyen las ejecuciones sumarias, las desapariciones, los falsos positivos, los bombardeos en zonas habitadas, el sitio de poblados, los “presos de conciencia”, el “terrorismo de Estado” y otros actos igualmente contrarios al derecho de guerra según esa otra lectura (existente aunque ignorada por los medios y por toda o casi toda “la opinión”) que las guerrillas tienen acerca del conflicto colombiano.
¿Afirma Gómez Buendía que todos esos crímenes que atribuye al otro equipo son ciertos? Sólo señala que son una "lectura" que tienen las guerrillas. Y el sentido es éste: una vez que el atracador tiene un conflicto con su víctima que se tienen que resolver cuando ésta le entregue el sobre de su sueldo, en aras del derecho a la vida que correría peligro, TAMBIÉN lo que dice el atracador es una verdad negociable. ¿Cuáles son los actos "contrarios al derecho de guerra"? Lo que se sabe sobre los juicios a militares y policías remite a una iniquidad infinita. Las sentencias de los jueces son tan perversas que los que mandan niños bomba y el mismo Gómez Buendía que cobra esos hechos resultan casi decentes. El que quiera conocer un caso de esos debería ver este video sobre el de Plazas Vega.



Lo que queda claro es que con sus habituales rodeos retóricos Gómez Buendía sale a legitimar la propaganda terrorista como si no fuera parte del crimen, como si no fuera mentira.
El presidente Santos casi pierde las elecciones porque no pudo –o no quiso– explicar por qué las Farc siguen delinquiendo mientras conversa con ellas en La Habana. Y esta es apenas una de las preguntas-objeciones (de hecho, una de las más fáciles de absolver) que tienen los colombianos –o digamos, “la opinión” y los medios influyentes– sobre el proceso de paz que está avanzando: ¿por qué no acabar de derrotar a las guerrillas hasta hacerlas “someter a la justicia”, como repite Uribe con su coro?, ¿por qué negociar las reformas con “esos bandidos”?, ¿por qué creer que cumplirán los compromisos que se pacten?, ¿hay acuerdos secretos en La Habana?, ¿se está entregando el país al “castro-chavismo”?, ¿vamos a perdonar así no más los secuestros y los demás horrores en estos muchos años de actuación guerrillera?, ¿aceptaremos que las Farc ni siquiera reconozcan sus horrores?, ¿castigaremos en cambio a los militares y policías que estaban defendiéndonos?, ¿veremos algún día a “Timochenko” sentado en el Congreso?, ¿será que después del acuerdo con las Farc (y el ELN) se acaba realmente la violencia?
Santos ganó las elecciones porque no hubo quien denunciara la paz como una componenda criminal, a tal punto que el uribista Sergio Araujo aseguraba que la negociación seguiría igual si Zuluaga hubiera ganado, mientras que el candidato hacía promesas "para consolidar la paz" (claro que hubo fraude y manipulación, pero no sería serio decir que un tercio del censo electoral votó por Zuluaga). Pero ¿las habría ganado por un margen mayor si hubiera explicado las "ventajas" de quedarse años dialogando mientras los terroristas multiplican sus crímenes? Es lo que la clase de gente que lee El Malpensante está dispuesta a creer. Me cuesta imaginar algo más absurdo. 
Debido en gran medida a que no pudo o no quiso explicar la negociación sin condiciones, el presidente-candidato se jugó a fondo con la promesa de que “el pueblo tendrá la última palabra”, es decir, que no habrá acuerdo mientras no sea ratificado por el voto popular. Con semejantes preguntas-objeciones, es bien probable que el pueblo colombiano vote “no” a la consulta o referendo, y quedemos en nada (o más exactamente, en bajo nada).
Por eso mismo en estos meses necesitamos un esfuerzo enorme de sinceramiento y de pedagogía para curarnos de esta enfermedad. Quién puede hacerlo y cómo debe hacerlo son las preguntas-respuesta que tenemos que plantearnos con premura los amigos de la paz.
¿Cuál es la "enfermedad"? ¿La de pensar que no se debe premiar el crimen ni someterse a los asesinos? Pero mejor, ¿cuál es la pedagogía que remedia esa enfermedad? La única respuesta que se me ocurre es ésta: el terror. Los colombianos aplauden algo tan monstruoso como la paz de Santos porque tienen miedo de que los hagan volar con una bomba y porque son serviles e indolentes. Si siguen renuentes a dejar que los asesinos dominen, aunque ya el triunfo de Petro en Bogotá en 2011 dejó ver otra cosa, lo único que los podría persuadir sería una buena orgía de crímenes. Yo no podría demostrar que es lo que Gómez Buendía propone, pero ¿alguien se imagina en qué consistirá esa pedagogía?

11 may. 2015

Constituyente: imposición FARC

Por Jaime Castro Ramírez

Las decisiones de un gobernante tienen que tener el sello de estadista, y de firmeza de criterio para encontrar el apoyo y confianza del pueblo. Esa firmeza significa el aval que garantiza que el gobernante respeta la constitución y la ley, y también respeta y cuida con esmero los principios de la democracia, pues estos son aspectos fundantes que conforman la filosofía política del reconocimiento histórico del Estado de derecho.

Peligro de la constituyente exigida por las Farc
Desde el inicio de los diálogos de negociación del proceso de paz, las Farc han puesto sobre la mesa la exigencia de una constituyente para refrendar (según sus intereses) lo pactado en esa negociación. En respuesta el presidente Santos siempre dijo que él de ninguna manera aceptaba ese procedimiento y que por lo tanto esa constituyente no se haría, por inconveniente para los intereses del país. Pues ahora resulta que Santos ya aparece echando reversa a lo dicho sobre el tema (como suele hacerlo), y entonces manda a su alfil el ministro del interior a que lance la especie de que ese asunto no es tabú y que se puede abordar la discusión.

Aquí hay que insistir en otro tema relacionado, y es que el presidente de la república había prometido que lo que se firmara en la Habana lo sometería a un referendo para que fuera el pueblo el que aprobara o improbara lo dicho en esos acuerdos, sin embargo, después echó para atrás lo prometido, y se genera entonces un grande contraste, pues mientras desecha la idea inicial del referendo, que era lo aconsejable y responsable frente al país, ahora accede a darle cabida a tratar lo de la constituyente exigida por las Farc que es inversamente proporcional a lo normal en cuanto a salvaguardar los intereses de la república. Con la constituyente las Farc lo que pretenden es un nuevo modelo (a su manera) de organización del Estado.

¿Estaremos en lo cierto en aquello que se menciona en los círculos sociales en el sentido de que en la negociación de paz se impone lo que digan las Farc frente a las tímidas propuestas del gobierno? ¿Si esto fuere así, entonces ‘desde ya’ los que mandan son las Farc? ¿Estaremos vislumbrando esta instancia aciaga para el país?

Características de una constituyente
En las circunstancias en que se encuentra Colombia frente al proceso de negociación de paz con los terroristas Farc, es pertinente analizar algunas características esenciales de lo que significa una constituyente:

1. Crea las nuevas formas de funcionamiento del poder y las nuevas reglas mediante las cuales opera la relación entre el gobierno y el pueblo que debe obedecer los preceptos establecidos.

2. Posee un poder constituyente sin límites que consiste en una autoridad soberana que predomina sobre el poder constituido, es decir, que está por encima de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que provienen justamente del poder constituyente.

3. Crea un nuevo modelo de transformación y cambios absolutos en la legislación constitucional y en la organización del Estado.

A partir de estos principios que hacen parte integral de los poderes ilimitados de una asamblea constituyente, fácilmente se deduce que aceptar la exigencia de las Farc es un procedimiento de una audacia grandemente riesgosa para el país si se parte de que una vez instalada la constituyente, de inmediato este organismo asumirá sus competencias y se considerará sin limitaciones para expedir una nueva constitución. Aquí no habrá lugar a agregarle arandelas al tema diciendo que se trata de solo actuar sobre temas específicos.

En este escenario, es simplemente imaginarse a los constituyentes-Farc exigiendo sin atenuante alguno toda clase de cambios institucionales, políticos, económicos y sociales, pues eso les garantizaría crear un sistema político socialista-comunista, de lo cual no puede haber ninguna duda.

Pareciera que el gobierno en principio advertía el mencionado riesgo, pero que ahora supuestamente cambió de opinión y que al contrario cree en la ‘buena fe’ de las Farc…

7 may. 2015

Un mundo peligroso

Por @ruiz_senior

El liderazgo mundial

Cuando se oye hablar de "Tercer Mundo" inmediatamente se piensa en "pobreza", "atraso", "subdesarrollo", etc. Mucho más sensato sería hablar de descontento: el Tercer Mundo es el conjunto de países cuyas poblaciones odian a las naciones que lideran el planeta desde la época del Renacimiento. A ese componente moral hay que añadirle la esterilidad cultural y científica, el desorden, el atropello y la violación de los derechos humanos, cosas que son el simple efecto del fenómeno descrito arriba y cuyo origen es la resistencia a la asimilación por parte de los favorecidos por el orden jerárquico previo a la modernidad.

Se podría decir que siendo ese orden, en sus diversas variantes, pura dominación, las mayorías deberían aborrecerlo y desear integrarse en el mundo moderno. Pero esa idea contiene en sí la superstición creacionista: presupone unas criaturas enteras a las que sólo les hace faltan las instituciones buenas y no comprende que la dominación es el componente nuclear de su cultura y de su idiosincrasia. Por eso en las naciones de ese origen todas las rebeliones de agraviados conducen sin remedio a nuevas tiranías y a nuevas anarquías, como se ha podido comprobar en las últimas décadas tanto en Irak como en Venezuela, por mencionar sólo dos casos ¡sangrantes! (la vieja Mesopotamia tuvo un rey como el jordano o el saudí que pronto fue derrocado por una rebelión que entronizó a un dictador procomunista, contra el que se rebeló el fascista Sadam Husein, tras cuya caída se impusieron los chiítas sumisos a Irán y tan funestos como sus predecesores).

Pero ese liderazgo mundial ligado en su origen a la Europa cristiana y después al Imperio británico y sus aliados americanos, contra el que se define la miscelánea constelación del llamado Tercer Mundo, es el referente único de la civilización: tanto en las instituciones democráticas como en el respeto riguroso de la ley y de los derechos humanos, aventaja rotundamente a las demás naciones, y de ahí también en el peso de su economía y en su poderío militar y tecnológico. Las naciones del Lejano Oriente que comparten ese modo de vida lo hacen sobre todo por asimilación, si bien sus tradiciones y su madurez la favorecen. Lo mismo se podría decir de las naciones europeas ricas, aunque en todo el continente hay poderosas corrientes tercermundistas (más débiles en los países que han sufrido el comunismo tras formar parte del mundo desarrollado en los siglos precedentes).

Tras el colapso del Imperio soviético pareció que ese liderazgo se afianzaba y que la resistencia a la democracia liberal y a los derechos humanos era minoritaria y en cierta medida ilegítima. Craso error: ocurrió lo contrario. En los países musulmanes prosperó la radicalización contra Occidente y el sueño de reimplantar la ley islámica del siglo VII mientras que en Sudamérica el régimen cubano consiguió apropiarse de las reservas petrolíferas venezolanas (después de obtener grandes recursos gracias a las industrias extorsivas y de tráfico de drogas en Colombia, aliado con los clanes oligárquicos y las mafias judiciales) y a partir de ahí crear un imperio que hoy domina la región y que conspira en alianza con los diversos islamismos y con Putin, el otro frente de esa rebelión, poniendo en peligro la paz mundial.

De Bush a Obama
Eso que señalaba arriba de la "interioridad" de la cultura de dominación se pone de manifiesto en la opción electoral de los hispanos estadounidenses: habitan una sociedad que no entienden y casi siempre están en desventaja dentro de ella; aspiran a obtener de esa sociedad rica los bienes de que disfrutan los "anglos" y esperan, según los valores de su cultura de origen, que el gobierno se los proporcione. De ahí que un político como Obama cuente con su apoyo, en principio por la mera percepción de que siendo de una "raza" diferente será distinto a los odiados "gringos". Y efectivamente, es distinto: es un claro aliado del régimen cubano y sus satélites, que hoy por hoy expresan más que nadie el tipo de orden social que causa la pobreza de Hispanoamérica y fuerza la emigración. La mayoría de esas personas aprecian la libertad y la prosperidad pero sólo en sus frutos visibles, si por ellos fuera harían de Estados Unidos otra república hispanoamericana.

Mientras que el Imperio británico se forjó en la competencia por la hegemonía con España en los siglos XVI y XVII, y con toda potencia que pudiera hacerse hegemónica en Europa después, Estados Unidos ha sido durante la mayor parte de su historia el país de la utopía: el lugar lejano al que muchos emigraban a construir su arcadia olvidándose de los conflictos del Viejo Mundo. Eso explica la resistencia a tomar parte en las dos guerras mundiales del siglo pasado, la recurrente tentación del aislacionismo y rebeliones como la de los años sesenta para no ir a la Guerra de Vietnam. También el hartazgo que pronto produjo la intervención en Irak durante el gobierno de Bush hijo.

El rechazo a esa intervención, particularmente en Europa, donde el antiamericanismo es tan fuerte como en el Tercer Mundo, y la frivolidad de las masas de la sociedad "posmoderna" favorecieron la propaganda del Partido Demócrata en 2008: la causa de los problemas no era el genocidio de los chiítas por Sadam Husein ni su inevitable alianza con los yihadistas ni su negativa a permitir las inspecciones que certificarían que no tenía armas de destrucción masiva, sino la agresividad de Bush y la falta de estilo de todo lo que representaba: los cristianos, los conservadores, los americanos tradicionales y patriotas, etc. Si en el mundo había hostilidad hacia Estados Unidos era por culpa de Bush, no hacía falta sino mostrarse comprensivos con los demás y llegar a términos de entendimiento.

La prosperidad estadounidense crea una clase de personas frívolas e indolentes que ven la conflictividad externa como algo de lo que sería mejor olvidarse. De ahí que en los estados ricos de las costas el triunfo de los demócratas esté casi siempre asegurado, con Obama además por el apoyo de los negros e hispanos, la mayoría de los cuales también habitan en esos estados. La falacia de la representación de sectores desfavorecidos es la misma del Estado en cualquier otra parte. La región más rica, con enorme diferencia, de Estados Unidos es el Distrito de Columbia, donde el triunfo de Obama en las dos elecciones fue más acusado, con una diferencia aún más llamativa.

Apaciguando, que es gerundio
La solución de Obama a los conflictos exteriores es el apaciguamiento, gracias al cual genera entre sus votantes la sensación de que los problemas menguan, al tiempo que para los negros e hispanos adelanta programas populistas que también le generan votos.

Pero el resultado es otro: dado que se puede agredir a Estados Unidos impunemente, todos los regímenes antiliberales escalan sus agresiones, como ocurre con Irán, que avanza en su programa nuclear al tiempo que conquista Irak, interviene en Siria, Líbano y países del Golfo, se alía con Cuba y Venezuela y proclama sin pudor sus intenciones de destruir a Israel. Lo mismo ocurre con la implantación de dictaduras castristas en varios países sudamericanos, con la carrera armamentista china, su intervención en las más diversas regiones y las amenazas a sus vecinos, con la expansión rusa que lleva a la conquista de amplias regiones en Ucrania y la probable amenaza a otras regiones, incluidas algunas de la Unión Europea (por ejemplo, en Letonia hay una mayoría de población de lengua rusa), con la implantación en Turquía de un régimen islamista que tiene gran influencia en Egipto y otros importantes países de la región...

La política de apaciguamiento de Obama sólo ha multiplicado los problemas, entre los cuales la expansión yihadista (con formidables bases en la zona del Sahel, en Siria e Irak, en Somalia, en Nigeria y en otras regiones y fuerte influencia en Europa) es uno de los más notables. La tradición de los gobiernos demócratas de inhibirse para complacer a su público ya fue lo que hizo posible el genocidio en Camboya (Carter había ganado con los votos de los enemigos de la Guerra de Vietnam y no hizo nada para contener al jemer rojo) y en Ruanda, cuando gobernaba Clinton. Sin que se pueda saber qué pasará antes de que se vaya, es innegable que Obama deja un mundo mucho más peligroso que el que recibió.

Lo que ocurre hoy se podría resumir en una rebelión de la periferia contra Estados Unidos que muy probablemente llevará a conflagraciones terribles que pondrán en peligro a las poblaciones de las naciones democráticas. Si el próximo gobierno estadounidense no intenta una alianza militar estable y resuelta con sus aliados más próximos, sobre todo con los países de habla inglesa de amplia expansión y poderío (Canadá, Australia y Nueva Zelanda, con los que incluso debería buscar una integración nacional), puede que otros lo intenten, bien aliándose, bien si China da un "gran salto adelante" hacia la hegemonía. No se debe olvidar que una causa importante de la ruptura chino-soviética en los años cincuenta fue el interés chino en hacer uso de las armas nucleares recién adquiridas, ni que bajo Deng Xiaoping se intentó exportar tecnología nuclear a países conflictivos ya que una catástrofe de ese tipo habría reforzado el poderío de su país.

La situación mundial actual es la más peligrosa desde la época de la crisis de los misiles en Cuba, pero en lugar de hacer frente a las amenazas Obama adormece a la sociedad con soluciones que sólo multiplican los problemas: el acuerdo nuclear con Irán sólo llevará a que ese país tenga armas atómicas en poco tiempo, el restablecimiento de relaciones con Cuba sólo anima a la dictadura a sentirse legitimada y aun triunfadora, como se vio en la cumbre de Panamá, al tiempo que sencillamente ya se desiste de restaurar la democracia en los demás países del Alba.

Bueno, el apoyo a la "paz" en Colombia forma parte de la misma disposición y tiene el mismo resultado: los terroristas son triunfadores y los crímenes se multiplicarán, da lo mismo que estén en el gobierno, todos los comunistas en el poder han matado a quienes se les oponen. Es verdad que la parte principal del éxito terrorista es la disposición de los colombianos a rendirse y a aprovecharse de la alianza con los victimarios, pero todo eso no sería posible sin el refuerzo estadounidense.

6 may. 2015

Pueblo sin confianza en su gobernante

Por Jaime Castro Ramírez

El principal patrimonio político de un gobernante es la confianza de sus gobernados en su gestión de gobierno. Si esta confianza no existe significa que el pueblo ha perdido la fe en la acción de gobierno por razones explicables desde el escenario del no cumplimiento de los compromisos adquiridos por el gobernante a través de sus promesas de campaña electoral, lo cual conlleva a que el pueblo sienta una realidad muy grave que es el engaño, y por lo tanto cada individuo siente que ha sido mancillado su honor cívico y patriótico, y entonces aparece en su sentimiento la lógica reacción de rechazo hacia su impostor, y en consecuencia se genera desconfianza generalizada. Pueblo que pierde la confianza en su gobernante, pierde la fe en su futuro, pues lo que le queda es solo incertidumbre.

Colombia no sabe para dónde va
El presidente Santos ha convertido su segundo mandato en una especie de doctrina religiosa, algo así como un monoteísmo que reconoce un solo tema endiosado llamado ‘paz’. En primer lugar, es un error de cálculo político porque el país tiene muchos frentes prioritarios de atención gubernamental para que haya equilibrio en el balance de gestión, y en segundo lugar, la monoteísta paz es hoy por hoy el tema que divide más al país por cuanto ha generado toda clase de desconfianzas respecto a su verdadero sentido de paz, pues la gran mayoría de los colombianos no cree que lo que está negociando Santos sea la paz de Colombia, pues acrecientan las dudas sobre la claudicación del Estado a favor de las exigencias de los terroristas con quienes se negocia.

En el primer mandato, para ser elegido, Santos prometió continuar con la seguridad democrática que implicaba mantener la seguridad del país, y como no cumplió esa promesa, entonces le permitió a las Farc volver a los sitios de donde habían sido desterrados justamente por la seguridad democrática, les permitió envalentonarse nuevamente, y esa es la consecuencia de la zozobra en que anda el país ahora con el incierto y dudoso proceso de negociación de paz. Si Santos hubiera cumplido lo prometido se hubiera evitado este complicado impase de someterse a negociar con terroristas, y el país estuviera en paz.

Este es entonces un panorama muy incierto y por consiguiente los colombianos estamos muy preocupados sobre la situación del país, sin saber para dónde va Colombia, para dónde lleva el país el presidente Santos.

Preocupa enormemente que la democracia colombiana llegue a comprometerse en manera alguna a favor de los victimarios de los colombianos, y con ella se comprometa el porvenir de la república, pues la democracia ha sido defendida históricamente y con valentía por los héroes de la patria como el mayor patrimonio político que ha garantizado la libertad de los colombianos, de tal manera que no se puede permitir que ahora la actuación individual de un gobernante ponga en riesgo su integridad.

Imagen política del presidente Santos Cuando un presidente de la república registra en la opinión del pueblo la decadencia del poder, es decir, que llega a la traumática coyuntura de solo el 29% de popularidad, y el 68% que lo desaprueba, como ocurre con el presidente Santos en el resultado que arrojan las encuestas de abril de 2015, esto significa que su capital político está agotado, en déficit total, y lo cual pone muy en entredicho su gobernabilidad.

Y hay que decirlo claramente que lo que ha originado este desplome de la popularidad de Santos es justamente lo que él está haciendo con su monopolizador tema de la paz como agenda de gobierno, a lo cual le surgen grandes dudas que los colombianos tienen sobre para dónde lleva al país como consecuencia de lo que negocie con los enemigos de la democracia y del Estado de derecho.

Gobernante sin reconocimiento político del pueblo se convierte en simple signatario del poder porque ha perdido su propia acción de gobierno.

1 may. 2015

El nombre de la tragedia colombiana es "uribismo"

Por @ruiz_senior

Uribe en 2001
En las sociedades en las que se elige a los gobernantes, los políticos siempre intentan convertirse en los "intérpretes de la angustia popular", cosa que corresponde a la lógica del mercado, con empresarios que intentan detectar necesidades insatisfechas. Eso ocurrió con Uribe durante el gobierno de Pastrana, en el que la escalada de crímenes terroristas produjo una fuerte corriente de rechazo.

Tal vez convenga detenerse a comentar ese gobierno, que no fue elegido por la foto con Tirofijo, como a menudo se repite, pues en esa caso se da por obvio que los votantes habrían refrendado el samperismo, con la mayor crisis económica que se recuerda en décadas (que estalló un año antes de las elecciones). Los abusos continuos de los terroristas le generaron un gran desprestigio a Pastrana, a la vez que las dificultades económicas multiplicaban el descontento. Cabe recordar que los mayores críticos del proceso del Caguán al comienzo eran los samperistas, en un ejercicio de oportunismo increíble, pues el terrorismo había ascendido gracias a los narcogobiernos liberales previos. Lo que conviene preguntarse ahora es si la escalada no sería un designio de los Castro y Enrique Santos Calderón, pues lo peor para sus intenciones habría sido que Pastrana tuviera éxito.

La carrera de Uribe hasta entonces estaba marcada por su apoyo a las Convivir cuando fue gobernador de Antioquia, pero antes había sido un político destacado del régimen del 91, compañero de filas de Ernesto Samper (al que incluso defendió cuando el escándalo de los narcocasetes) y promotor de la impunidad para el M-19. Gracias a la firmeza y eficiencia que había mostrado como gobernador, era el político más opcionado para atraer a los descontentos con la orgía de crímenes de las FARC. Al obtener el apoyo de Fernando Londoño, resultó el portavoz de los sectores conservadores menos dispuestos a someterse a las FARC.

Pero ese año el sentimiento de rechazo a los terroristas era generalizado y las aspiraciones de las mayorías eran claras. Lo que interesa razonar es hasta qué punto como líder de esa corriente Uribe la llevó al triunfo o si el resultado fue otro. La incapacidad de la crítica, esa herencia de la Contrarreforma que tanto obsesionaba a Octavio Paz, hace que nadie quiera evaluar eso: si Colombia ahora está en manos de las FARC fue a pesar de la infalible actuación del líder al que todo se le debe. Bueno, además de la aversión a la crítica está el servilismo, la lealtad al superior del que en últimas se espera siempre algún favor.

Morir de éxito
Los resultados del primer gobierno de Uribe fueron sencillamente de ensueño, si bien se debe tener en cuenta que la economía en parte se había saneado en el gobierno de Pastrana (el ministro de Hacienda era Santos) y que en esos años los altos precios de los combustibles generaron muchos ingresos (en el mismo año 2006 en que Uribe fue reelegido, Chávez ganó unas elecciones con un porcentaje de votos parecido). El caso es que todos los indicadores de violencia se redujeron drásticamente, al tiempo que la economía empezó a crecer y el optimismo a hacerse generalizado.

Pero entre la alegría del éxito y el diario forcejeo con los propagandistas del terrorismo se pasó por alto lo principal: que no había ningún partido que representara a la nueva mayoría, ni ningún proyecto de país distinto a seguir haciendo lo mismo, ni ningún distanciamiento respecto al engendro del 91, gracias al cual, por ejemplo, la Corte Constitucional legisló alegremente impidiendo llevar a cabo el plan de gobierno.

Nadie echó de menos nada parecido: todos los de mentalidad conservadora estaban contentos y el entusiasmo con el líder nacional (que había recurrido a la aparición continua en televisión siguiendo el ejemplo de Fujimori y Chávez) no admitía el menor matiz. La idea de cambiar la ley para permitir la reelección sólo molestó a los del bando terrorista, en parte porque la imposibilidad de repetir mandato era una excepción colombiana. Tanto Bush como Lula habían sido reelegidos porque las leyes de sus países lo permitían. Hasta el más exigente se resignó a que el precio de esa continuidad fuera la componenda con los peores clientelistas del legislativo, como la inefable Yidis Medina (un país en el que legisla alguien así podría enviar a un obeso mórbido a correr los cien metros en las Olimpiadas) y, mucho peor, con las logias de políticos profesionales que habían acompañado a los gobiernos de las décadas anteriores, comandadas por Santos.

Cuando titulo que la tragedia es el uribismo no me refiero a Uribe sino a la corriente que lo sigue. Por meritorio que sea un líder, puede equivocarse y tener limitaciones. Pero una sociedad en la que nadie echa de menos un partido centrado en un ideario y un programa coherentes y que dé cuenta de lo que es el país al que pretende dirigir "no está madura para la democracia". Uribe estaba feliz de seguir mandando y su sanedrín de seguir disfrutando de las rentas del poder y hasta de columnas en la prensa de la oligarquía (creo que soy el único que se daba cuenta de que la columna de José Obdulio Gaviria en El Tiempo estaba rodeada de otras cinco de valedores de las FARC). De modo que la buena racha continuaba y el gobierno tenía mayorías en el legislativo, nadie echaba de menos otra cosa. Puede que si alguien hubiera querido corregir las atrocidades de la Constitución, como las alusiones al "delito político", la mayoría no habría sido tan clara.

De ese modo, el segundo periodo de Uribe era la ocasión de recoger los frutos de lo sembrado en el primero, con grandes logros en todos los niveles, incluida la derrota estratégica de las FARC, consumada en la marcha del 4 de febrero de 2008 y en la posterior Operación Jaque. A nadie le pareció preocupante la clase de gente que formaba el gobierno, no sólo como Santos sino como muchos otros ministros de su estilo.

Y previsiblemente no había ningún plan para 2010. En medio de la euforia del triunfo fue apareciendo de lo más aconsejable cambiar otro articulito para permitir la reelección continua. Para eso había que hacer cuantas concesiones hicieran falta a los medios y al partido controlado por Santos. No hubo la menor discusión. Todo lo que significaba el uribismo se pudo ver entonces, con su inclinación al respeto de la ley (que se podía cambiar cada vez que conviniera, con lo que sencillamente dejaba de existir), con su percepción del interés de la comunidad y del país (ante todo el mundo quedaba claro que se trataba de otra dictadura encubierta y legitimada por plebiscitos, como las bolivarianas) y sobre todo con su percepción de lo que podrían hacer las cortes (¿era tan difícil suponer que la Corte Constitucional que había presidido Carlos Gaviria no toleraría la nueva reforma, por no hablar de los recursos bolivarianos fabulosos que tendrían los enemigos de Uribe para persuadir a los magistrados?).

Que Colombia caería en manos de las FARC debió ser claro entonces, pero muchos nos engañamos en la (ahora evidemente absurda) suposición de que Uribe controlaba al partido a cuyos legisladores había hecho elegir en 2006. Cuando empezó la propaganda contra Arias por el artificial escándalo de Agro Ingreso Seguro los "no tan amigos suyos" dentro del uribismo se apresuraron a reconocerla, de modo que afectara al joven ex ministro y no la posible reelección de Uribe.

Le salimos a deber
Tras el cambio de rumbo de Santos y de todos los congresistas elegidos como "uribistas" tampoco hubo el menor reproche a los líderes que habían llevado a semejantes hampones al poder: la clave del uribismo no es su orientación más o menos "guerrerista", más o menos "derechista", sino el culto de la personalidad que llega a niveles grotescos. El uribista no opina de ninguna manera respecto de nada sino que le entrega a Uribe y su séquito esa tarea. Por eso la disposición de Santos de aliarse con las FARC y sus propagandistas de los medios no tuvo ningún rechazo claro porque Uribe no quería enterarse de que había pasado a ser un proscrito para el régimen y que los recursos se dedicarían a perseguirlo.

Así llegaron las elecciones de 2011, mucho más de un año después de la bomba de Caracol (las FARC niegan haberla puesto y, al igual que muchas otras atrocidades, como la bomba contra Vargas Lleras, hay que pensar que es obra de los mismos amigos de Samper y Bejarano que mataron a Álvaro Gómez), y la actitud de Uribe respecto al nuevo rumbo se basó por una parte en conservar buenas relaciones con los legisladores uribistas (participó en la campaña del hijo de Roy Barreras) y aun con el gobierno (en el primer aniversario de la posesión de Santos, Óscar Iván Zuluaga escribió un artículo elogioso sobre el gobierno), y por la otra en tratar de demostrar que era él quien conseguía los votos, cosa en la que de nuevo fracasó.

Dicen que Uribe no podría ser candidato a la Alcaldía de Bogotá porque se expondría a ser perseguido por los sicarios judiciales sin la inmunidad que le da su rango de ex presidente. Tal vez se la habría dado mejor un triunfo rotundo como candidato a alcalde, pero sobre todo por el interés de los colombianos habría convenido que se evitara el ascenso del siniestro Petro. El caso es que el gran líder nacional no tenía un candidato propio al segundo puesto del país y no cuestionaba en nada al gobierno, ya por entonces claramente resuelto a entregar el país a los terroristas

El uribismo nunca ha echado de menos un partido que sabe adónde quiere llegar porque sus seguidores no conocen ni entienden la democracia. Son esa clase de gente que en Chile se enamoró de Pinochet y en Perú de Fujimori. A ninguno le sorprendió ver a Uribe bailando el aserejé con Luis Eduardo Garzón, que participaba en la campaña de Peñalosa para favorecer la candidatura de Petro. A eso había llegado el gran líder. Pero ¿qué importa él? Importa que los uribistas tampoco concibieron que se pudiera haber hecho algo mal. El amor no concibe vacilaciones, todo era perfecto por la lealtad del rebaño al Gran Timonel. Se le salía a deber de todos modos.

No son enemigos de la paz
No es el tema de este escrito analizar lo que hay detrás de la componenda de Santos y los terroristas, pero es evidente que desde mucho antes de 2001 los medios andan dedicados a divulgar la propaganda que conviene a las FARC. El embeleco de llamar "paz" a las "negociaciones de paz" es muy antiguo y nadie se le ha querido enfrentar. Cuando se anunciaron las negociaciones, todos los líderes uribistas las saludaron con entusiasmo, también los seguidores, que hacían de tripas corazón y estaban siempre de parte de su líder. Nunca han tenido ningún reproche que implique suponer que no las aprueban, sólo que buscan mejorarlas, en un claro anhelo de tomar parte en la mesa de La Habana. Eso se combina con el lloriqueo continuo por lo que hace el gobierno, sin que nunca se haya propuesto otra cosa.

Ése fue el drama de las elecciones de 2014, pero como los uribistas son colombianos, es decir, torcidos e infantiles, pretenden que alguien crea que los votantes se enfrentaban al dilema de si aprobaban la revolución educativa que llevaría a Colombia al primer mundo (consistente en crear cupos universitarios para todos), como decía el uribista Sergio Araújo, o continuar con Santos: sencillamente, Zuluaga y Uribe aludían lo menos posible a la paz para no contrariar a los descontentos, sin que en ningún momento propusieran cancelar los diálogos, al contrario. La base del rechazo es otro engaño: la idea de que la negociación debe seguir si las FARC desisten de sus crímenes. El que no quiere premiar a los terroristas sale muy "vivo" aplaudiendo a una negociación en la que unos criminales idiotas se resignan a aceptar lo que les quieran dar, y el que cree en la paz negociada y no quiere aguar la fiesta encuentra muy razonable que se mejore la negociación con ese bálsamo perfecto. ¿Alguien detecta el engaño? En el supuesto de que alguien lo hiciera, sin duda se lo callaría para no crear división (como me dijo esta semana una señora en Twitter).

En cuatro elecciones no hubo ningún candidato entre miles que propusiera desistir de negociar con los terroristas. El que pensara en eso no lo hizo para no perder el aval del partido de Uribe. Es lógico que Santos se sienta legitimado en su monstruosidad, todo rechazo a su infamia se encuentra con la pared firme del uribismo que a toda costa respalda la paz, con los adornos absurdos que haga falta, pero de ninguna manera cuestionando que se negocien las leyes con quienes las violan más que a niñas rústicas y hambrientas.

Angelino Garzón y Robledo
No puede haber más compromiso con la paz que el apoyo del Centro Democrático a la candidatura de Angelino Garzón a la Alcaldía de Cali. Se trata del candidato del partido de Santos, no sólo un dirigente de las FARC con rango superior a Tirofijo (que pertenecía al Comité Central del Partido Comunista pero no al Comité Ejecutivo Central), vicepresidente del partido creado por las FARC y activo representante del castrismo en el primer gobierno de Santos (fue a Cuba como vicepresidente de la república a agradecerle a Fidel Castro su apoyo a la paz en Colombia), sino un defensor manifiesto de la paz. No hay ningún problema: los uribistas serían felices en un régimen como el de Corea del Norte siempre y cuando eso produjera alegría a su amado líder, tal vez con el consuelo de que molestara a Santos.

Más obsceno, si se puede, es el coqueteo continuo con el líder del Polo Democrático Jorge Enrique Robledo, que a toda costa intenta mantener el ambiente de violencia callejera y descontento contra Santos de modo que la extrema izquierda obtenga apoyo popular pala implantar su régimen (el Polo Democrático es el frente de masas del Partido Comunista, que ya puede delegar la tarea en otros mientras avanza en la representación abierta de las FARC).

Así se llegó a la reciente proposición del Senado en que se pide al gobierno reanudar negociaciones con Fecode, propuesta por Robledo y apoyada por cuatro senadores uribistas. Obviamente entre los senadores que la apoyan está Iván Cepeda y todo su partido. En las redes sociales se ve el mismo intento de aplaudir al sindicato de maestros para crearle conflictos al gobierno. ¿Es que no saben qué es Fecode o qué busca el paro de maestros? Con tal de alentar el descontento están dispuestos a aliarse con quien sea y a favorecer a los terroristas, y los únicos que sacan partido de eso son éstos.

Oposición
Cuando se propuso la segunda reelección de Uribe no había en sus seguidores el menor respeto por la democracia. Tampoco lo hay cuando se cede a la negociación de La Habana para no resultar enemigos de la paz. En el medio plazo, empezando por las elecciones de este año, el rechazo a esas negociaciones será el gran derrotado porque no hay nadie que lo exprese en términos políticos. También el uribismo, que se aliará con cuanto hampón del partido de Santos (o sea, uribista, según lo que se decía hace cinco años) haga falta.

La tiranía castrista no se irá de Colombia por las buenas y sin una mayoría que la rechace. La realidad actual es que esa mayoría de 2008 ya no existe, y la minoría que aún se opone carece de otra idea que seguir a Uribe adonde quiera ir. La persecución podría cesar el día que acuda a apoyar a Santos en la firma de la paz, con lo que esa minoría quedará contenta, seguramente soñando con que podrá elegirlo otra vez. A lo mejor le dan algún cargo honorífico.

La democracia necesita empezar aparte. Puede que falte medio siglo para que despierte, lo que no se puede suponer es que la trayectoria del uribismo prometa ser alguna solución.

28 abr. 2015

¿Referendo o ley habilitante?

Por Jaime Castro Ramírez

La democracia es débil en cuanto en su nombre se atenta contra su propia filosofía, pues allí se crean escenarios que permitan deformar la integridad política que determina sus principios liberales, para luego acceder a instancias que conjugan circunstancias de tinte dictatorial, pero utilizando el sello populista de invocar la democracia para intentar justificar la licencia de cómo desdibujar la democracia sin que el pueblo se percate de la realidad. Estos son pactos subrepticios de engaño colectivo para conseguir la habilitación social a intenciones políticas perversas dictatoriales.

Ley habilitante, o en su defecto referendo habilitante
En Colombia ya se empezó a hablar de perversidades contra la democracia, y muy seguramente auspiciadas desde el propio gobierno. Se podría citar como origen y consecuencia de estos intentos el desafortunado antecedente, cuando Juan Manuel Santos, en una especie de enajenación de su condición presidencial, decidió acuñarle el calificativo de “nuevo mejor amigo” a un déspota dictador, pues en este andar parece haber aprendido la lección de ‘alta filosofía política chavista’ referente al tema de la ‘ley habilitante’, que no es otra cosa que un mecanismo populista engañoso para acabar con la democracia en nombre de la democracia.

La ley habilitante consiste en despojar al congreso de la república de su condición de poder legislativo para que a cambio le apruebe al gobernante un poder omnímodo para que gobierne como le parezca a través de decretos, es decir, concederle poderes absolutos con los cuales pasa a convertirse en dictador camuflado de demócrata. Este desafuero no tiene cabida en Colombia donde históricamente se ha respetado la democracia y la independencia de poderes, por lo tanto, que el gobierno ni piense en un disparate de esta naturaleza para desafiar la democracia.

Figura política como alternativa si no es la ley habilitante
Ante la razonable crítica política de la oposición sobre la ley habilitante para que el presidente Santos pudiera darle el manejo que quisiera al acuerdo de paz, se ha mencionado entonces la alternativa de un referendo habilitante de facultades extraordinarias que le de poderes amplios al presidente para el mismo fin, pero con la misma inconveniencia de ser igualmente una medida antidemocrática e inconstitucional si no se le explican al pueblo los diferentes temas sobre los cuales va a decidir positiva o negativamente, pues con cualquiera de las dos medidas (que en el fondo son lo mismo), lo que se persigue es un poder ilimitado para actuar. En consecuencia, lo democráticamente aceptable es que este tipo de definiciones, por su trascendencia, deben someterse a la decisión del pueblo, o en su defecto someterse al debate político en el congreso de la república, y no permitir que solamente dependan de la voluntad política de una sola persona como el presidente de la república. En democracia se tiene que actuar con decisiones democráticas.

Aunque el ministro del interior, Juan Fernando Cristo, salió a decir públicamente que no es cierto lo de la ley habilitante, ni lo del referendo habilitante de facultades extraordinarias, hay una circunstancia cierta de desconfianza y es que al gobierno no se le puede creer, pues a lo que hoy dice que no, mañana dice que si, o viceversa.

Engaño de Santos de someter a refrendación del pueblo en las urnas el acuerdo de paz De entrada en el debate de estos temas delirantes de la ley habilitante, o del referendo habilitante de facultades extraordinarias, hay que recordar que el presidente de la república Juan Manuel Santos en muchas ocasiones y escenarios prometió que lo que se firmara en el acuerdo de paz con las Farc, lo sometería a que el pueblo lo refrendara en las urnas a través de un referendo, y que por lo tanto, lo que se haría finalmente sería lo que el pueblo decidiera. Pues resulta que, como suelen ser los resultados de las promesas presidenciales, ahora está echando para atrás este compromiso y dizque ya no habrá tal consulta al pueblo, es decir que no pasó de ser una expresión de engaño a los colombianos.

Al contrario, lo que quiere Santos ahora son mecanismos antidemocráticos que le den poderes habilitantes para decidir lo de la paz por su propia cuenta, pero eso sí, a nombre de todos los colombianos, en lo cual no nos sentiremos representados.

23 abr. 2015

García Márquez y las guerrillas

Por @ruiz_senior

Por casualidad me encontré un escrito de García Márquez (divulgado en Facebook por el director de la revista El Malpensante) que responde a una publicación de El Tiempo en la que se le reprocha salir más o menos huyendo de Colombia hacia México. Eso ocurría en 1981, al final del gobierno de Turbay, cuando la guerrilla aún era insignificante y, si bien era hegemónica en la universidad pública, hay que pensar que entonces había muchos menos estudiantes que ahora. El sucesor de Turbay, Belisario Betancur, amigo de García Márquez, comenzó el largo camino de la paz que tantos resultados maravillosos ha traído.


De modo que el novelista mantuvo una larguísima relación con Fidel Castro y su régimen, que incluía varios viajes anuales a La Habana, donde disfrutaba de una mansión, y un claro papel en la revista Alternativa, que era el órgano oficioso del M-19 (aunque tenía redactores y publicaba textos relacionados con las demás bandas terroristas que dependen del régimen cubano). Y además esa relación llegaba al punto de que en una entrevista el primer director de la revista insinuaba que el escritor era el verdadero representante de Castro ante la redacción:
La tercera Alternativa guerrillera opera tras una transición de pleitos internos, retirada de la mitad de los socios, entre el n.º 90 y el 110, y que se prolonga luego hasta la liquidación de la revista. Consolidada bajo la dirección de Enrique Santos tiene la estrecha asesoría de Jaime Bateman y el montonero, «el gordo» Paco. Es una Alternativa de combate que rechaza la elaboración de análisis, teorías y reformas propias de ”los intelectuales”- Rechaza también el quehacer político para consagrar la insurgencia y la rebelión armada. Inmersa en la estrategia cubana de la Tricontinental y la formación de los mil vietnams antiimperialistas.

Marcha al unísono con las tácticas de combate empeñadas por los Tupamaros, los Montoneros, los Movimientos de Izquierda Revolucionaria y por supuesto del ELN. Jaime Bateman está en plena acción, en 1977-1978, crítico de las farc y constructor de la Anapo radical y del M19. Después del robo de la espada del Libertador y antes de la toma de la embajada Dominicana, padece la urgencia de dotar a su movimiento, el M19 y luego Firmes, de una publicación de envergadura nacional, con su ideología inmarcesible del “sancocho a la colombiana”: acciones intrépidas y consignas de raca mandaca.

Lo intenta una primera vez con la “Alternativa del pueblo”, pero al parecer no logra asumir la dirección, sino la militancia de algunos. En la segunda arremetida gana Bateman con la venia de García Márquez… y de Fidel supongo –porque ambos prefieren a un chico más travieso y mágico que a todos sus Aurelianos Buendías peleados en mil guerras, pero ya a la espera de la pensión de retiro: Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, Fabio Vásquez Castaño…
Ciertamente, García Márquez no niega en absoluto su amistad con Bateman ni su adhesión al castrismo. Con ocasión de la muerte del líder del M-19, publicó en Semana un reportaje que es todo un panegírico. Todo se le perdona porque, como él mismo dice, nadie le ha dado tanto prestigio al país. Ese prestigio interesa más a los colombianos de clases acomodadas que la vida de cientos de miles de personas, como José Raquel Mercado, con cuyo asesinato tenía por fuerza que ver García Márquez como promotor de la banda de Santos Calderón y Bateman.

No tienen por qué sorprender estas declaraciones de alias Popeye, el jefe de sicarios de Pablo Escobar:
El último contacto que yo conocí entre Fidel Castro y El Patrón, fue con ocasión de haber sido enviado por él a los EE. UU., para comprar un misil Stinger tierra-aire. Dado que mi vuelo hacía escala en la ciudad de México, Pablo, conociendo la amistad de Castro y el escritor Gabriel García Márquez, así como su importante papel de mediador de causas, le solicita hacerle llegar una comunicación a Fidel, que me entrega en un voluminoso sobre sellado. 
Llegué al Aeropuerto Benito Juárez de la ciudad de México y el escritor me estaba esperando, rodeado de gente, en la puerta de la sala. Me saludó amablemente y le dije: 
-Maestro, aquí le envía Pablo para que por favor le entregue esta carta al comandante Fidel Castro. 
Simplemente me la recibe y me dice: 
- Así se hará.
Sólo es que para el caso se olvida cómodamente la implicación del régimen cubano en el tráfico de cocaína, copiosamente documentada desde hace mucho tiempo. Y del M-19, banda cuyo cordón umbilical con los tiranos de la isla era García Márquez.

Más elocuente aún es lo que dice el extinto jefe de las FARC alias Alfonso Cano en un correo electrónico que se encontró en el PC de alias Raúl Reyes:
... Los demócratas de USA, en Colombia, que antes estaban en Venezuela, dicen tener una clara postura hacia una negociación política con las Farc. García Márquez está a cargo de esa intermediación con las Farc por cuenta de USA y estos quieren que Panamá sea el país a través del cual se hable con las Farc. Para ello, García Márquez ya le transmitió esa solicitud a Torrijos y este aceptó. Clinton le dijo a García Márquez, en Cartagena "quiero tener una tarea personal. Quiero ayudar a Colombia. Hay que buscar un acuerdo con las Farc". El senador McGovern le dijo a García Márquez que: Bush quiere hacer de Colombia lo que era Alemania occidental frente a la Europa socialista y hay que impedirlo. Dice además que el analista político especialista en Colombia de los demócratas es Adam Isackson. Alfonso Cano.
Teniendo en cuenta estos testimonios, ¿qué sentido tienen las críticas de Jursich a lo que publicaba El Tiempo en 1981? A su indignación subyace la idea de que los asesinos tienen derecho a matar si cuentan con el reconocimiento de algunas personas importantes o con prestigio intelectual. Toda una declaración de principios, algo que compromete a todas las clases altas colombianas, ¿o alguien recuerda a algún columnista, a algún político o a alguna eminencia académica que creyera que García Márquez debería ser procesado por su relación con esas bandas de asesinos?

Vale la pena detenerse en los hechos que motivaron su fuga-refugio en 1981. Al menos en el texto de un tal "Ayatollah" que motivó el escrito que enlazó Jursich y que apareció en El País de Madrid. Según este artículo sobre García Márquez, "Ayatollah" es Rafael Santos Calderón, cosa que tiene su gracia porque entre las personas que fueron a despedir al embajador cubano (responsable de la alianza entre el M-19 y el Cartel de Medellín, según se explica en el texto de Mauricio Rubio enlazado arriba) se contaba su tía, Clemencia de Santos, madre del actual presidente. Parece que siempre juegan a todas las cartas.

Lo anterior, al igual que el escrito de "Ayatollah" se puede leer en el texto enlazado.

Resumiendo, García Márquez corrió a pedir asilo en la embajada de México porque le anunciaron que podría interrogarlo el ejército por su relación con el M-19, el régimen cubano y el desembarco de más de cien hombres armados que habían pasado por Panamá (donde reinaba Omar Torrijos, su amigo íntimo). Teniendo en cuenta lo expuesto, surgen varias preguntas que el lector debería plantearse:

¿Es verosímil pensar que García Márquez tendría alguna relación con el desembarco de los guerrilleros y que estos fueran efectivamente armados y entrenados en Cuba? (Recuérdese el caso del buque Karina.)

¿Es razonable que al respecto las autoridades quisieran interrogarlo o no?

¿Se pueden perdonar los colombianos que en vida del escritor nunca se planteara un proceso penal contra él por todo lo que hizo en relación con las guerrillas?

¿No es como un sobreentendido en el preámbulo de Jursich que enlacé al principio, que a GGM no se le podría preguntar sobre su relación con la lista monstruosa de crímenes del M-19 y las demás bandas ligadas al régimen cubano?

La Constitución de 1991 estableció que el asesinato para hacer la revolución es legal, de modo que los "juristas" que la interpretan y aplican parten de ese criterio y la gente corriente a menudo no lo entiende. El deber de ser cómplices de García Márquez es algo aún más grave: el asesinato de personas inocentes para implantar la tiranía no sólo es legal sino también honroso, y no según los embelecos de unos tinterillos sino según la opinión de los colombianos. ¡Sobre todo de los intelectuales!

Es difícil describir un "país" más asqueroso.

21 abr. 2015

Psicosis de paz sin razonar

Por Jaime Castro Ramírez

Acertar en las decisiones requiere aplicar el raciocinio como requisito indispensable para sopesar las alternativas que ofrezcan las condiciones favorables al logro del éxito esperado. Si esto es norma que se practica en los eventos de la cotidianidad, en las transacciones, en los negocios, etc., es apenas obvio que tratándose de decisiones de un gobernante, decisiones de Estado, ese raciocinio tiene que conllevar a una mayor cautela en las definiciones de políticas, pues de ellas dependen las decisiones que van a comprometer los intereses comunes de la sociedad, de la unidad de país, y del Estado y sus instituciones. La responsabilidad es entonces integral frente al pueblo que es ante quien se debe el gobernante.

Actuación del presidente Santos frente a la paz
La obsesión sin medida ante una circunstancia que convoca el interés en un evento, esto puede convertirse en una especie de actuación psicótica fuera del control razonable exigido para acertar en el propósito. La paz que pregona el presidente Santos tiene la particularidad de grandes dudas ante los colombianos, pues sus contertulios en la negociación le exigen la entrega del país a sus intereses políticos, económicos y sociales, y es aquí donde aparece el punto de inflexión porque el Presidente parece estar dispuesto a concederles lo que el pueblo no admite porque significaría la desviación y catástrofe en todos los órdenes para el país.

Esto dijo Santos en su Twitter el 17 de Abril de 2015, queriendo responder algo ante la presión del pueblo por la tragedia terrorista causada por las Farc que generó la masacre de soldados de la patria, ejecutada en el Cauca: “La paz no puede convertirse en una bandera política, es un bien de todos. El dolor de las familias debemos acompañarlo y respetarlo”.

Habría varias cosas para decir respecto a este mensaje:

1. El presidente se contradice porque es justamente en bandera política total (nacional e internacional) en que tiene convertido el tema de la paz desde la campaña de reelección, pues esto le permite alimentar el ego personal narcisista, y para alimentar pasiones de miradas furtivas hacia objetivos que lo desvelan, como son el premio nobel de paz, o la secretaría general de la ONU (intereses personales). En este escenario parece no importar lo que se firme con el nombre de paz, lo que importa es la fama a través de los grandes titulares que aparecerán en la gran prensa.

2. La paz sí es un bien de todos, pero una paz justa, no una supuesta ‘paz’ como la que se plantea, sin exigir la ‘entrega’ de armas y la desmovilización de todos los guerrilleros, aceptar impunidad, no exigir a las Farc la reparación a las víctimas, no exigir a las Farc pedirle perdón público a Colombia y anunciar el propósito firme de no repetición, aceptar la división de la unidad territorial fraccionando y entregando el país por pedazos con las llamadas zonas de reserva campesina, etc. Esta no es la paz de los colombianos, es la paz de Santos, y la de sus interlocutores de las Farc.

3. El dolor de las familias no es preocupación sentida por el alto gobierno, tanto así que la palabra terrorista desapareció del lenguaje presidencial (a cambio se usa la palabra “incidente”), pero lo que no ha desaparecido es el terrorismo de las Farc. El hecho de asistir Santos a las exequias de una de las víctimas de la masacre de soldados, quizás se debió a la presión por la movilización del país entero en solidaridad con el ejército y sus víctimas de la mansalva consumada por las Farc. Sin dejar de recordar que dizque las Farc estaban en cese unilateral del fuego… Por lo menos no se había visto al gobierno asistiendo a este tipo de ceremonias en casos frecuentes de asesinatos de soldados y policías. Bueno, tampoco hay que perder de vista que también están próximas unas elecciones…

4. Las Farc en Cuba salieron a decir que lo sucedido en esa masacre era culpabilidad del Estado, y tal vez habrá que darles la razón en el sentido de que el presidente Santos había prohibido el apoyo aéreo al ejército con el bombardeo a terroristas (lo que más ellos le temen), decisión que el pueblo ha condenado y le merecieron las rechiflas al presidente, pues esto les permitió a las Farc planear con tranquilidad y premeditación la emboscada a los soldados. Tanto es así que ante la gravedad del hecho terrorista el presidente se vio forzado a levantar la prohibición del bombardeo.

No se puede llegar entonces a una circunstancia extrema de psicosis de paz, sin observar el debido raciocinio de que efectivamente se logre la verdadera paz para los colombianos, y no correr el riesgo de convertir al país en víctima de una ‘paz’ firmada irreflexivamente. Se necesita la paz de todos los colombianos, no únicamente la paz de las Farc, y el sacrificio de los demás.